
Qué terrible es el paso del tiempo, que reduce la gloria a escombros y somete a la grandeza, que sólo encuentra cobijo en el fiel desván de la memoria.
¿Creéis que alguna vez pensaron los emperadores romanos que su hegemonía tendría fin? ¿No se creyeron omnipotentes, inmortales y divinos? El tiempo se encargó de demostrar que no hay nada más efímero que el poder, pero el legado cultural que nos dejaron todavía permanece vivo. Aquel que niegue la herencia de lo que unos seres humanos hicieron hace millones, miles, cientos de años, es que todavía cree que pertenece a una civilización superior a las anteriores.
La Historia nos hace pensar si en realidad ha cambiado tanto la Humanidad. ¿No seguimos siendo animales privilegiados luchando por el control del mundo, y ahora también del Universo? Sin embargo, hay una radical diferencia: ¿quién podría afirmar que nuestra pequeña aportación a la especie humana tendrá alguna relevancia en el futuro? ¿Realmente nuestros descubrimientos serán tan trascendentales? ¿Acaso seremos recordados por nuestra ciencia, idioma, filosofía o arte? ¿O más bien por la necesidad imperiosa de destruirnos a nosotros mismos, en medio de un fango de vacío existencial?
Y es que la Historia es pregunta, reflexión, abismo, sorpresa, hallazgo, es vida y es muerte, es ir más allá de lo superficial, adentrándote en la apasionante búsqueda de nuestros orígenes, aquello que un día fuimos, y lo que es más importante, aquello que algún día seremos.
Pero ante todo es camino, nuestro camino.
Y yo mañana empezaré a sumergirme un poquito más en él.
BssSSsssssss.
Pero ante todo es camino, nuestro camino.
Y yo mañana empezaré a sumergirme un poquito más en él.
BssSSsssssss.



